e hizo que le pusieran el traje de ceremonia.
Desde su ventana y al través de las cortinas, el ministro vio la impaciencia
del pueblo y gran número de
soldados que habían seguido al príncipe sin que pudiese adivinarse
cómo.
El rey fue conducido a palacio con gran pompa, y Fouquet le vio apearse al pie
del rastrillo y hablar al
oído de D'Artagnan que le tenía el estribo.
Apenas el rey hubo pasado la bóveda de entrada, el capitán se
encaminó a casa de Fouquet, pero con len-
titud y parándose tantas veces para hablar a sus mosqueteros, formados
en línea, que no parecía sino que
contaba los segundos a los pasos antes de cumplir la comisión que le
dio el rey.
Al verle en el patio, el superintendente abrió la ventana para hablar
con él.
--¡Cómo! ¿aún estabais aquí, monseñor?
--preguntó D'Artagnan.
--Sí, señor, --respondió Fouquet exhalando un suspiro;
--la llegada del rey me ha sorprendido en lo
mejor de mis proyectos.
--¡Ah! ¿sabéis que el rey acaba de llegar?
--Le he visto. ¿Y ahora venís de su parte?
--A informarme de vuestra salud, monseñor, y si no es demasiado delicada,
rogaros que os presentéis en
palacio.
--Sin perder minuto, señor de D'Artagnan.
--¡Malhaya! --repuso el capitán; --desde que el rey está
aquí, ya nadie es dueño de pasearse a su albe-
drío; ahora estamos bajo el imperio de la consigna, tanto vos como yo.
Fouquet exhaló otro suspiro, subió a una carroza, tanta era su
debilidad, y se encaminó a palacio, escolta-
do por D'Artagnan, cuya cortesía era ahora tan espantosa como consoladora
y alegre había sido poco antes.
CÓMO EL REY LUIS XIV HIZO SU PEQUEÑO PAPEL
Al apearse Fouquet para entrar en el palacio de Nantes, un hombre del pueblo
se le acercó con el mayor
respeto y le entregó una carta.
D'Artagnan impidió que aquel hombre hablase con el ministro, y le alejó,
pero la carta estaba ya en ma-
nos del superintendente, que la abrió y la leyó, dando muestras
de un vago terror que no pasó inadvertido al
mosquetero. Fouquet metió la carta en la cartera y siguió hacia
las habitaciones de Luis XIV.
Al través de las ventanillas abiertas en cada piso del torreón,
y subiendo tras Fouquet, D'Artagnan vio en
la plaza cómo el hombre de la carta miraba en torno de sí y hacía
señales a otros que desaparecían por las
calles inmediatas después de haber repetido las señales hechas
por el personaje que hemos indicado.
A Fouquet le hicieron esperar un rato en la azotea que hemos citado, que daba
a un pasillo junto al cual
habían dispuesto el despacho del rey.
D'Artagnan se adelantó entonces al superintendente, a quien había
acompañado respetuosamente, y entró
en el gabinete de su Majestad.
--¿Y bien? --le preguntó Luis XIV, que al verle entrar cubrió
con un gran paño verde el bufete atestado
de papeles.
--Está cumplida la orden, Sire.
--¿Y Fouquet?
--El señor superintendente está ahí, --replicó D'Artagnan.
--Que le introduzcan aquí dentro de diez minutos, --dijo el rey despidiendo
con un ademán al gascón.
Este salió, pero apenas hubo llegado al pasillo, al extremo del que Fouquet
estaba aguardando, cuando
volvió a llamarle la campanilla del monarca.
--¿No ha manifestado extrañeza alguna? --preguntó Luis
XIV.
--¿Quién, Sire?
--Fouquet, --repitió el rey sin decir señor, particularidad
que confirmó en sus sospechas al capitán de
mosqueteros.
--No, Sire.
--Está bien, podéis marcharos.
Fouquet no se había movido de la azotea donde le dejó su guía,
y estaba leyendo nuevamente la carta,
concebida en estos términos:
Se trama algo contra vos, y si no se atreven en palacio, será cuando
regreséis a vuestra casa, ya cercada
por los mosqueteros. No entréis en ella, sino dirigios detrás
de la explanada, donde os espera un caballo
blanco.
Fouquet había reconocido la letra y el celo de Gourville, y no queriendo
que, de sobrevenirle una desgra-
cia, aquel papel pudiese comprometer a su fiel amigo, hizo mil pedazos la carta
y la arrojó al viento por el
pretil de la azotea.
D'Artagnan sorprendió al superintendente mientras éste estaba
mirando revolotear por el espacio los úl-
timos pedazos de la carta. --El rey os aguarda, monseñor, --dijo el mosquetero.
Fouquet avanzó con ade-
mán resuelto por el pasillo, en el que trabajaban Brienne y Rose, mientras
Saint-Aignán, sentado en una
sillita no lejos de ellos y con la espada entre las piernas, parecía
estar esperando órdenes y bostezaba.
